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Sobre su obra
Magalí Piano
Hay tiempos que pueden
superponerse.
No me refiero aquí a
manejarse en dos dimensiones diferentes, sino al el intento de
ser atemporal.
Cuando apr(h)endemos, apr(h)endemos
por tiempos, aprendemos por capas.
Cada capa va generando una
imagen, y éstas, a su vez, al sedimentarse, comienzan a generar
nuevos tejidos. Un tejido que puede ser compacto, homogéneo a
veces, informe y caótico otras.
Cada
uno inventa sus propias necesidades.
Cada
uno inventa un lienzo personal en el cual refugiar ese balance de
conocimiento. Un trazo puede contener mil tiempos, mil palabras,
mil imágenes. Y no hace falta que esa información sea visible.
La necesidad de condensarlo
en un dibujo, un traslado a la forma lo informe del pensamiento.
Un objeto se modifica desde
que lo observamos. Un objeto sostiene la mirada desde que
decidimos hacerlo nuestro. Aquí, nuevamente, el enredo de
tiempos.
Soy porque pinto, podría
decir Javier, pero no lo dice. (creo). Él se ha inventado la
necesidad de la pintura como soporte de sus propios estudios,
como homenaje encubierto y necesario a sus maestros (elegidos).
Pero ojo, maestros como compañeros de inquietudes,
minuciosamente seleccionados, como un color más en la paleta.
Paleta de colores, paleta de
maestros.
Hay procesos de formación
que son permanentes. Y por eso mismo, permiten la convivencia
amistosa del pasado y del futuro. Permiten el encuentro de la
figura y de la composición clásica con el sujeto contemporáneo.
El pintor es el puente, permitiendo y ofreciendo un viaje hacia
la historia.
Una ofrenda al ojo, entonces,
una suma de errores y estilos en cada capa, en cada veladura.
Una cápsula que le entrega
al autor la perspicacia de saber cuando deja de ser otros (necesarios)
y empieza a ser él (silenciosamente).
Cuántas capas, entonces,
cuántas pruebas, cuántos tiempos?
La pintura está terminada
cuando deja de ser la mano del autor y empieza a parecerse a sí
misma. Como cápsula. La llave, entonces, sigue siendo mirar. Y
ver más allá: adelante y atrás.
Cuando pensamos en algo que
se convierte en clásico, pensamos en algo que se trasciende a
sí mismo, que se sostiene en su propia composición.
Pero que sigue conteniendo el
gesto.
La elección por la belleza es un gesto, la elección por la instauración de una belleza es otro. Las chicas pueden estar solas (esperando la aprobación del espectador) o acompañadas en su belleza. Pero la belleza se otorga como regalo. Como un pastillero que encierra un secreto. Donde la llave, otra vez, sigue siendo mirar.
Porque aquí, nuevamente, los
sujetos-objetos son protagonistas indiscutidos, que reposan en su
propia autosuficiencia. Dialogan con la superficie que los
contiene y que los recorta como protagonistas de un capricho.
Pocas figuras interactúan en
verdaderas locaciones. El resto se acomoda (plácidamente?) en
una superficie de color, donde la amenaza no viene del fondo,
sino de los propios protagonistas. Aunque, paradójicamente, el
protagonista parece ser un elemento que no está. Y la sensación
de que algo se nos escapa, de que algo nos es ocultado. Pintar
para no contar un secreto.
Como no saber por qué el
sátiro que decide convertirse en punk.